La transmigración (AdN, 2025) ha nacido para reventar todos nuestros esquemas: imaginemos que mañana despertamos dentro del cuerpo de otra persona y que, igual que a nosotros, esto le sucede al resto de la Humanidad. Mujeres atrapadas en el cuerpo de hombres, españoles en el de japoneses, discapacitados en el físico de atletas, niños dentro de ancianos y casi cualquier combinación posible. La palabra ‘caos’ se queda corta para imaginar el escenario apocalíptico que se desencadenaría, pero esta novela tan reveladora como terrorífica no solo se atreve a ello, sino que lo hace aunando un pulso propio de thriller con el poso narrativo y filosófico de los grandes maestros. Hemos charlado con su autor, Juan Jacinto Muñoz-Rengel, para continuar con nuestras recomendaciones para la Feria del Libro de Madrid.
Juan Jacinto Muñoz-Rengel (Málaga, 1974) es escritor, doctor en Filosofía y dirige la Escuela de Imaginadores en Madrid. Ha publicado el ensayo Una historia de la mentira (Alianza, 2020), las novelas La capacidad de amar del señor Königsberg (AdN, 2021), El gran imaginador (Plaza & Janés, 2016) –premio del Festival Celsius a la Mejor Novela del año–, El sueño del otro (Plaza & Janés, 2012), y los libros de narrativa breve El libro de los pequeños milagros (Páginas de Espuma, 2013), De mecánica y alquimia (Salto de Página, 2009) –Premio Ignotus al mejor libro de relatos del año–, y 88 Mill Lane (2005), y su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, finés, griego, rumano, ruso, árabe y turco, y publicada en más de 25 países. El Asombrario ha charlado con este escritor entre escritores, auténtico imaginador de los pies a la cabeza, acerca de la necesidad de la empatía, la función de la ficción, los futuros posibles, las certezas, la tecnología y la moral, entre otros muchos temas apasionantes.
La identidad, la muerte o el hecho de ponerse en la piel de los demás no son temas nuevos en tu obra, prolija en imaginarios extremos que obligan a replantearse la condición humana, si bien me atrevo a decir que jamás los habías llevado tan lejos en su desarrollo como has hecho en ‘La transmigración’. Y es que aquí, más que nunca, el foco se pone en quienes sufren el grueso de las injusticias generadas por el orden social: las mujeres, los ancianos, los niños, quienes no pueden valerse por sí mismos. ¿Qué te llevó a tomar esta decisión narrativa? ¿Sentías que aún quedaban preguntas pendientes –y no abordadas, por ejemplo, en ‘El sueño del otro’ (2013) o ‘La capacidad de amar del señor Königsberg’ (2021)– o fue el propio concepto de la novela el que exigía ese grado de profundidad?
Siempre quedan preguntas pendientes. Si tanto la ciencia como la filosofía solo pueden satisfacer una parte de las interrogantes que suscitan, mi sensación es que a la literatura le corresponde aún en mayor grado hacer preguntas que dar respuestas. Y desde el extrañamiento, desde las perspectivas novedosas o la distorsión fantástica, es posible cuestionar la realidad de una manera más profunda, o al menos más inesperada.
Pero es curioso que menciones precisamente esas dos novelas tan distantes entre sí. Con La capacidad de amar del señor Königsberg también reproducía un contexto apocalíptico y lo llevaba a sus últimas consecuencias; sin embargo, lo hacía desde el humor, y eso neutralizaba ciertas reflexiones y no me permitía llevar las hipótesis tan lejos como en El sueño del otro, donde abordaba la anomalía desde un enfoque realista. Con esta nueva novela, en efecto, trato de aunar las dos cosas. Me propuse construir personajes verosímiles, darles carne y acercarme a ellos con un tratamiento hiperrealista, y al mismo tiempo llevarlos tan lejos como me concediera mi premisa de partida. Llevarlos al límite, a ellos, a nosotros, al mundo. Y sí, escojo hacerlo desde las mujeres y los ancianos, porque sus cuerpos están más expuestos. En el caso de los niños, en realidad, dado el fenómeno imposible que se expande por las ciudades, ocurre justo al contrario.
Basta con ver las noticias, darse un paseo por las redes sociales, hablar con familiares o amigos para comprobar que vivimos tiempos convulsos: los discursos más radicales generan aplauso, la falta de respeto por lo diferente y la insolidaridad se han popularizado, y el miedo se explota como arma política. Una novela donde el orden social se desmorona de la noche a la mañana porque se nos obliga, literalmente, a ponernos en los zapatos ajenos es una metáfora perfecta sobre la fragilidad del mundo que hemos creado. En este contexto… ¿es la empatía la herramienta definitiva para un desarrollo social duradero? ¿O nos hemos pasado de inocentes?
Uno de los aspectos que más me atraía de la idea que mueve toda la novela era la posibilidad de poner al lector en la piel de otro. A poco que pensemos, eso lo hace siempre toda la literatura. Pero en La transmigración los personajes cambian de piel literalmente, se ven desplazados a un cuerpo que no es el suyo, lo que supone ir un poco más allá. Si todo está bien hecho, el lector se pondrá en la piel de un protagonista que a su vez se verá forzado a ponerse en la piel de otro, con todo lo que esto implica. Me interesaba mucho lograr que este proceso de sugestión se produjera, porque me parecía una estupenda oportunidad para tratar de enfrentar nuestros prejuicios. Y la empatía recorre todo el libro. Es necesaria entre lector y personaje, es lo que mueve para bien o para mal todas las relaciones en el nuevo estado de caos, y también se plantea a lo largo de la trama como el pequeño rayo de esperanza entre tanto pesimismo.
Pero la verdadera empatía no surge de una forma tan superficial ni basta por ella sola como declaración de buenas intenciones. No basta con aplaudir en el balcón unos minutos al día, no es un mero gesto. Me pregunto cuántas de esas personas son las mismas que ahora aplauden ante los planteamientos radicales y el discurso del odio. La empatía hay que trabajarla desde los cimientos, debemos integrarla en la educación, con un enfoque profundo y holístico, dedicarle muchas horas, y luego se tiene que reforzar desde acciones sociales y ciudadanas, y protegerla en los entornos laborales. Pero hay que ir a la raíz si no queremos una sociedad de apariencias, donde las cosas parecen funcionar en la superficie y todo está equivocado y podrido por dentro. El problema mostró su verdadera cara cuando los gobiernos de uno y otro signo comenzaron a reducir la Filosofía y las humanidades en las aulas. Fue un gran error. O un gran acierto, según a quién se pregunte.
En cierto modo, la tesis principal de ‘La transmigración’ entronca fuertemente con la tradición espiritual oriental: aunque no se expliciten, conceptos como el samsara –el ciclo de vida, muerte y reencarnación desarrollado con intensidad en el budismo– o el karma –las consecuencias para tu alma de lo que realizas en vida– se dejan entrever en los arcos de los distintos personajes. No obstante, la novela no llega a revelar por qué ocurre este hecho fantástico, acercándonos más a una idea propia del horror cósmico, si se quiere –no hay razones, y, si las hay, somos incapaces de comprenderlas o hacerlo nos enloquecería. ¿Hasta qué punto todas estas ideas influyeron en la concepción de la obra, y cómo abordaste el reto de integrarlas sin convertirla en un tratado espiritual o religioso?
Todo ese sustrato está ahí, aunque no de una manera muy consciente ni premeditada. En su momento, estudié con cierta profundidad el pensamiento oriental, sus distintas escuelas y sus textos sagrados, gracias a mi maestra Chantal Maillard. Pero en ese caldo de cultivo también se mezclan los conceptos occidentales. Desde la doctrina de la transmigración de las almas de Platón hasta las modernas teorías de la filosofía de la mente, pasando por el dualismo cartesiano. Lo que ocurre es que cuando escribo ficción pienso que todo eso debe estar en la entrelínea. No creo que una novela deba plantear argumentaciones filosóficas en un primer plano, sino provocar que todo eso emerja de una forma natural en la mente del lector como consecuencia de lo que ocurre en la historia.
Y, aunque en mi historia se usa la palabra alma y se concede a las mentes cierta independencia debido al fenómeno sobrenatural de partida, lo cierto es que en casi todo momento se habla de nuestro enraizamiento en un cuerpo. En un cuerpo sintiente, que nos permite las emociones, recibir los estímulos, estar cansados o llenos de energía, nuestras circunstancias y ser quienes somos. En realidad, no hay nada en la novela de las nociones platónicas, que luego reproduce el cristianismo, acerca de un alma inmortal o de un más allá. Ni siquiera encontramos un karma en el sentido de la justicia. Mis reflexiones, o mejor, mis preguntas, las que quiero provocar en la mente del lector, giran casi siempre alrededor del concepto de identidad. Quiénes somos si dejamos atrás nuestras circunstancias, el cuerpo que nos fue dado, el lugar del mundo donde nacimos, las personas con las que nos relacionamos y ante las que nos mostramos. ¿O ya no somos quienes creíamos ser cuando cambiamos todas esas condiciones?
La batalla ideológica en torno al género origina posiciones encendidas incluso en la ficción; mientras que Mark Twain ya exploraba, en cierto modo, el desclasamiento en ‘El príncipe y el mendigo’, en el año 2025 todavía hay gente que se inquieta por un beso en pantalla entre dos mujeres, por no hablar del violento rechazo en redes hacia quienes viven identidades de género distintas a las normativas, y, como tales, reclaman su justo espacio. En un entorno, el de ‘La transmigración’, en el que mañana puedes despertar en el cuerpo de una mujer 20 años menor o de un octogenario en silla de ruedas…, ¿cómo has reflejado esta realidad? ¿Tiene –o debería tener– la ficción una función subversiva, o al menos reveladora, en estos debates?
Creo que aún molesta más un beso entre dos hombres. Hace un momento hablaba de los prejuicios; es muy difícil combatir un prejuicio. Lo bueno de mi premisa fantástica es que me daba ocasión para cambiarlo todo sin tener que justificarlo. Y cuando alguien está dentro de un cuerpo con otra fisionomía, de otra raza, con otro origen, otra edad, otro sexo, y tiene que defenderlo porque ahora su instinto de supervivencia le dice que su vida depende de él, hay muchas convicciones que cambian de golpe. Todas las identidades de género binarias y no binarias pueden revisitarse de una manera completamente distinta bajo esta perspectiva, algo que quizá no cambiará lo que nadie piensa, pero sí cuestionará muchas certezas.
Aunque la estructura coral y la trama apocalíptica me permiten tocar muchos temas, la novela también aspira a pensar sobre lo trans y sobre lo migratorio. No me atrevería a decir cuál es la función de la literatura, porque según el género, la obra, el autor o el lector, puede cumplir muchas funciones distintas y todas son igualmente válidas. Pero, desde luego, si se quiere intervenir en los debates, cambiando en algo el modo de pensar de la gente, pocas opciones se me ocurren mejores que la ficción.
Si bien eliges no explorarla en profundidad, la cuestión animal tampoco se queda relegada a un papel secundario en la novela; no son pocas las páginas en las que nos encontraremos cara a cara con el horror, que no es otro que aquel que infligimos al resto de seres que cohabitan el planeta: la salvaje carnicería de las macrogranjas, el maltrato sistemático a quienes mugen, ladran o pían, la crueldad infinita que supone arrancar a las crías de sus madres… ¿Qué te frenó a la hora de ahondar aún más en esta realidad? ¿La compleja condición filosófica/espiritual de los animales –recordemos que, hasta hace nada, la ley española los consideraba “cosas”, no distintas de una mesa o un pantalón– o la necesidad de centrarte con más potencia en cómo la premisa incide en la Humanidad? Por otro lado, ¿qué perspectivas le auguras a un mundo donde cada vez hay más vacas y menos animales salvajes?
Mi objetivo era centrarme en la Humanidad. Y en nuestras acciones. Lo que ocurre es que en un libro que habla de los cuerpos y de las identidades, y que pretende hablar en clave metafórica de nuestra actualidad y de lo que nos ha traído hasta aquí, sortear la cuestión animal, qué estamos haciendo con los animales, qué nos diferencia de ellos como seres inteligentes y sintientes también unidos a un cuerpo, me parecía que dejaba un vacío. Piensa que todas esas atrocidades que enumeras siguen ocurriendo hoy, en estos momentos. Es decir, la ley española ha cambiado para las mascotas, pero continúa considerando cosas al resto de los animales. Por más que sus cuerpos sientan como los nuestros, por más que tengan el mismo instinto de protección y supervivencia, la misma necesidad de apego, se reproduzcan, sean padres e hijos, sientan el mismo dolor y compartan nuestra capacidad de sufrimiento. Y sigue ocurriendo hoy de la forma más cruenta posible, en aras de la sola ambición y de las leyes del capital.
Esta es una novela dedicada a la res cogitans y a la res extensa, y los animales también se encuentran en ambas y participan de la misma división fundamental. Aunque eso no parece importarnos mucho. No hacen falta grandes dotes proféticas para augurar que, a corto plazo, el futuro es desolador. Pese a que en ciertas regiones del mundo nos parezca asistir a cierto cambio, son demasiados los continentes donde todo esto está empeorando precisamente por la presión de los países que aparentan cambiar su mentalidad.
Sometiendo a examen el comportamiento de tus personajes, no puede afirmarse que estemos ante un desarrollo maniqueo; el abanico de posibilidades es tal –mentes viejas transportadas a cuerpos jóvenes, niños encerrados en organismos ancianos, mujeres obligadas a ser hombres y lo contrario…– que caben todos los cursos de actuación, y así lo representas. No obstante, y por primera vez, sí diría que hay una apuesta decidida por identificar el mal y el bien. Es decir: en un escenario de caos y apocalipsis –máxime en uno generado por un hecho tan grave como el que propones–, habría personas que utilizarían su nuevo cuerpo para robar, matar, violar y engañar, y quienes, al contrario, y por más que les costase, lo dedicarían a salvar, ayudar, entender y proteger. ¿Es necesario el caos para revelar nuestra naturaleza? ¿O más bien es una circunstancia que nos deforma? ¿Qué te interesa explorar al trazar esa línea moral entre el bien y el mal?
Dentro de los límites que impone la ficción, sí pretendía ser bastante exhaustivo en el espectro de posibilidades que ofreciera la historia. Me parecía que había mucho interés narrativo en la mayoría de las opciones y no quería dejar grandes huecos sin ser tratados. En efecto, en la novela hay personajes que ya estaban en el lado del bien o del mal antes incluso de comenzar siquiera la cadena de acontecimientos. Y luego, como sería de esperar en un contexto así, un grueso de la población habrá de decidir por qué lado inclinarse en estas situaciones extremas.
Pero quizá lo que más me interesaba de todo es justo eso: no es tan fácil determinar si son las circunstancias las que revelan nuestra verdadera naturaleza o las que la deforman. ¿Una persona que se ha comportado de un modo íntegro durante 40 años, que incluso ha hecho bien a los demás una y otra vez, deja de ser alguien bueno porque en un momento fatal actúe como un cobarde? Y alguien que antes fuese un desastre, egoísta, deshonesto, haragán, ¿se convertiría de manera automática en una buena persona por un solo acto heroico? ¿Cuántos actos heroicos harían falta para redimir a un canalla? Creo que todos podemos cambiar en direcciones inesperadas si el estado de las cosas se transforma lo suficiente. Habrá quien se aburra ante la rutina y se crezca en la adversidad, gente hecha para grandes acontecimientos; habrá buenas personas que no estén a la altura de las circunstancias; habrá predadores que solo estén esperando una ocasión aún peor. Y creo que somos todo eso en su conjunto, aunque la mayoría de las veces nuestras vidas no nos den oportunidad de descubrir todos nuestros rostros.
Dice Byung-Chul Han, flamante premio Princesa de Asturias, que la vida reducida a proceso biológico se ha absolutizado, y que hay una sacralización de la supervivencia que nos anestesia frente al hecho mismo de vivir. Y lo cierto es que para sobrevivir, al menos como lo hemos entendido hasta ahora, necesitamos un cuerpo. Cuerpo que enseñamos constantemente en redes sociales y sobre el que, en buena medida, construimos nuestra credibilidad pública, cuerpo que tatuamos, perforamos, musculamos, engalanamos y a la vez sometemos a todo tipo de excesos –léase alcohol, drogas o agentes químicos presentes en la alimentación industrial–. Con todo, jamás hasta la fecha habíamos alcanzado una mayor esperanza de vida como especie. ¿Puede desligarse lo que somos del cuerpo, mero envoltorio de carne y hueso? ¿Es deseable? ¿O hay una relación indisoluble entre nuestra identidad y el frío, el calor, el dolor y el placer asociados al cuerpo?
Si Byung-Chul Han tuviera razón, y lo único que nos anestesiara ante la propia vida fuese nuestro instinto de supervivencia, parece que nos estamos encaminando hacia un futuro donde esto puede verse agravado. Creo que hay muchos otros grandes factores que nos anestesian, un hedonismo mal entendido, el hiperconsumismo, la infantilización cultural, el antiintelectualismo, o los poderes económicos que nos convierten en meros números. Y, no obstante, en el futuro al que me refiero todo esto también tendría cabida.
Desde hace un tiempo, se debate cada vez más sobre la posibilidad de volcar conciencias en la nube, copiar y reproducir conciencias a las que den vida los algoritmos, tanto en los ámbitos académicos como desde la ficción. Y no me refiero solo a algunos capítulos de Black mirror, también pienso en películas como Ghost in the Shell, o en series como Pantheon, dedicada por entero a las inteligencias subidas. De todo esto quería hablar en la novela, aunque me apoyara en una premisa que me permitía hacerlo sin necesidad de ninguna tecnología. Para mí, nosotros también somos cuerpo. Lo que intento mostrar con las distintas líneas de la trama es que en gran medida somos lo que sentimos, somos el estado de ánimo que produce nuestro cuerpo, nuestros procesos digestivos, somos nuestras limitaciones y nuestra enfermedad, y también somos las circunstancias en las que nos incardina ese cuerpo, nuestro entorno, nuestra casa, nuestra familia, nuestra ciudad y nuestros vínculos. Es cierto que en una realidad virtual sin el lastre de lo físico, sin la enfermedad ni la amenaza de la muerte, donde incluso nuestros estímulos y capacidad de placer se viesen amplificados, quizá podríamos ser felices. Pero, y aquí me gustaría poner el foco, ¿a cambio de qué? ¿A qué renunciamos? Sin entrar a desentrañar si esa conciencia volcada sigue o no siendo la nuestra, ¿de verdad hemos reflexionado sobre los riesgos y consecuencias de renunciar a la mitad de lo que somos?
He aquí otro de los pilares de la novela: el vínculo. Nuestra capacidad para forjarlo y mantenerlo. Hasta dónde y qué somos capaces realmente de hacer por un hijo, una madre, un hermano. Pero también por una amiga, por alguien a quien hemos conocido después y con quien hemos compartido camino. ‘La transmigración’ pone a prueba los vínculos en circunstancias extremas: cuando los cuerpos cambian, las relaciones se desdibujan o se reconfiguran. Toca mojarse: ¿trasciende el auténtico vínculo la identidad corporal?
Mi postura es que sí. En el caso de que nos viéramos arrojados dentro de otro cuerpo, nuestro instinto de supervivencia primaría y nos empujaría a salvarlo, por más extrañeza que nos produjera, si con ello nos salvamos a nosotros. Y si supiéramos que nuestro hijo o hija está dentro de un señor de 70 años, ¿no haríamos lo que fuese para ponerlo a salvo, por protegerlo de todas las penalidades y peligros que está sufriendo? En este nuevo escenario, como en la vida real, tendríamos una jerarquía respecto a nuestros vínculos. Pero en lo esencial creo que nada habría cambiado. Eso sí, yo pongo kilómetros de por medio entre unas transmigraciones y otras.
Y ya que hablamos de identidad, el papel omnímodo de la tecnología en el siglo XXI no solo invade lo que hasta ahora pensábamos que éramos como especie, sino que nos fuerza a adaptar esa imagen estática de nosotros mismos al último grito del estado de la técnica –ayer los móviles e internet, hoy la inteligencia artificial– en una carrera que parece no tener fin. En el caso de que esta óptica transhumanista donde somos mitad carne, mitad máquina termine materializándose –si es que no lo ha hecho ya–… ¿estamos preparados para un paradigma en el que la identidad podrá transmitirse, y quizás modificarse, con la rapidez de un paquete de datos? ¿O debemos plantarnos en la defensa de lo analógico y la lentitud como emblema de cuanto somos?
No estamos preparados. No estamos preparados, así en general, para nada de esto. El ser humano siempre ha contado con cientos de años para adaptarse a cualquier cambio; antes de la historia escrita, el mundo cambiaba menos en mil años que hoy en un día. Y, aun así, nunca hemos dejado de equivocarnos. La historia de la Humanidad es una historia del error. Ahora, la velocidad de los avances tecnológicos y científicos no nos permite ninguna capacidad de reacción. Todavía nos estamos recuperando del cambio que supuso en el siglo XX pasar de matarnos con armas de fuego a la posibilidad de aniquilarnos apretando un botón. ¿Cómo vamos a adaptarnos a todo lo que viene? Ni la ética, ni las leyes, ni la cultura cambian tan rápido como avanza nuestra técnica. Y nadie va al volante. Solo el mercado, que es ciego. ¿Cómo vamos a estar preparados para el abanico de posibilidades que supone el dinero programable, el extractivismo de datos, el control de las sociedades vigiladas, la sustitución de puestos de trabajo, las crisis macroeconómicas que puedan provocar los sistemas autónomos de IA y las superinteligencias?
La lentitud sería nuestra defensa más sensata en estos momentos, y nadie parece dispuesto a apostar por ella. Cada vez se hace más difícil defender los espacios analógicos en según qué contextos. Pero ¿alguien se encuentra preparado para vivir en el metaverso sin saber cómo será despertar allí, cuál sería el shock de no tener cuerpo o el impacto de que todos los cuerpos cambien a voluntad? Demasiadas cosas nos atan aquí, y todo va más rápido de lo que queremos creer. ¿Alguna vez nos hemos preguntado qué podrían hacer con nosotros si pudieran copiarnos, si nada nos anclara a la vida ni a ningún lugar en el mundo?
Por su potencia como tesis de partida, por el esfuerzo que se nota que has hecho para escribirla, ‘La transmigración’ parece una de esas obras que operan como punto de inflexión en la vida de un escritor. ¿Qué ha cambiado en tu visión personal del universo tras escribir ‘La transmigración’? ¿Marca esta novela el inicio de una nueva etapa en tu escritura?
En realidad, creo que muchas cosas habían cambiado ya antes de escribirla. Si esta novela la hubiese escrito cuando se me ocurrió la idea, habría sido otra. Pero he ido cumpliendo años, y por suerte eso ha jugado a favor de la obra. Mi visión del mundo no es la misma ahora que antes de ser padre o que antes de cumplir los 50. Se ha muerto gente a mi alrededor. Mucha, seres queridos, amigos cercanos de mi misma edad. También lo noto en el plano físico, mi relación con mi propio cuerpo no es la misma que hace 10 o 15 años, como no lo es mi percepción de la enfermedad. Pese a la hipótesis disparatada de partida, todo esto está muy presente en la novela, dándole un peso necesario.
Quizá también mi edad haya tenido que ver con la decisión de poner toda la carne en el asador, de poner al servicio de este libro todo lo que he aprendido estos años gracias a los libros anteriores y al ejercicio de la enseñanza de la escritura. Y, por supuesto, me he seguido transformando durante todo este proceso, en el que he habitado dentro de la historia con auténtica intensidad. Es muy difícil decir con tan poca perspectiva si este título significará de verdad una inflexión en el conjunto de lo que acabe escribiendo. Pero, desde luego, yo no lo he sentido como un libro más.
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