Un terremoto con denominación de origen asiática recorre el globo revolucionando el cine y la música, pero también la moda, la estética o la gastronomía. Su nombre no es otro que Corea del Sur, y la concesión del Nobel de Literatura de este año a Han Kang (1970) confirma que la literatura no es ajena a la potente irrupción de este actor en la escena cultural. Pero no es necesario tirar de galardones para darse cuenta de que las mesas de novedades internacionales también han caído rendidas ante este fenómeno. Nos referimos a Bae Suah, Kim Ae-ran y Sohn Won-pyung, con quienes el autor de este artículo mantuvo una charla hace unos meses en el Círculo de Bellas Artes de Madrid durante la última ‘Noche de los Libros’. A partir de las palabras de las autoras durante el evento, y tras conversar con el profesor Álvaro Trigo Maldonado, uno de sus traductores al castellano, ‘El Asombrario’ realiza un recorrido por la apasionante obra de estas autoras imprescindibles.
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Tres autoras provenientes de un país de ritmo vertiginoso –“allí todo avanza muy deprisa y el individuo debe adaptarse”, dice Sohn Won-pyung, “la sociedad coreana actual es como una cinta de correr que hasta ahora iba muy rápido y que apenas empieza a ir lo bastante despacio como para poder caminar”– y con una pirámide poblacional cada vez más problemática –“ya es un país de personas mayores, o está a punto de serlo”, indica Bae Suah, además de que “la generación joven de Corea, aunque más reducida en número, ha crecido recibiendo una enorme cantidad de educación, una inversión y una atención que las generaciones anteriores nunca tuvieron, lo cual podría dar lugar a una frustración aún mayor”–, un país con traumas históricos cuya dimensión jamás podrá comprenderse igual fuera de sus fronteras –como menciona Kim Ae-ran–, pero que no deja de despertar un interés creciente a nivel global.
Al leerlas, identificamos aspectos que caracterizan al zeitgeist o espíritu de los tiempos: el auge del individualismo, la competitividad, la atomización de la sociedad, la falta de referentes, la desconexión con los demás… y, como consecuencia de ello, sus personajes adoptan muchas veces un rol pasivo respecto a lo que les sucede. En sus narraciones, la juventud no está idealizada, y se entiende desde la preadolescencia hasta casi los 30, e incluso un poco más. A pesar de esas conexiones entre sus textos, cada una de ellas utiliza vehículos distintos para alcanzar la meta, entendida como llegar a sus lectores y lectoras: hay quien está interesada en conmover, en hacer reír o llorar, y quien prefiere provocar, confundir o tan solo sembrar la semilla de la desazón.
Conozcámoslas con más detalle.
Para Sohn Won-pyung (1979), que también es cineasta, la literatura es “una forma de iluminación”, pero no una cualquiera; mientras que una noticia “informa brevemente sobre la persona implicada en un hecho, la literatura ilumina a la persona en sí”. Y aunque entiende que el papel de la literatura no es necesariamente el del consuelo –para eso, dice, están las amistades o el cine–, sí cree que “dar visibilidad a personas comunes que perseveran en silencio es, en el fondo, darnos visibilidad a todos nosotros. Porque (…) todos sentimos que nuestras vidas son insignificantes y que estamos luchando a solas”.
Quizás por eso, Sohn saltó a la fama en castellano con la publicación de Almendra (2020, Temas de Hoy; traducción de Yoon Sunme), una novela en la que explora la vida de un joven con alexitimia, una rara condición médica que le impide sentir y expresar emociones. Valiéndose de una narración limpia y elegante, la autora aborda la dificultad de ponerse en la piel de un personaje que no es un robot, pero al que se considera como tal. Hay una historia de superación, pero no en el sentido neoliberal: estamos también ante un canto a lo diferente, a la persistencia en el entendimiento, al enriquecimiento mutuo desde polos opuestos y al mundo de los cuidados. Más tarde, y en una línea similar, se publicó en España El impulso (2023, Temas de Hoy; traducción de Joo Hasun), donde se pone en la piel de un hombre adulto con depresión que se siente fracasado. El de Contraataque a los 30 (2025, Temas de Hoy) es un caso más particular: tenemos a Jihye, una chica común de la que se esperan cosas comunes, y que comparte esa sensación de desarraigo de los personajes de Almendra y El impulso. Pero, al contrario que en estas dos, donde los actos de resistencia son más cotidianos, aquí encontramos un cuestionamiento mucho más abierto del statu quo político, social y económico en el que vive nuestra protagonista (por ejemplo, la crítica al idealismo asociado a las humanidades y al mercado de la autoayuda, la alienación del trabajo, la competitividad…).
Álvaro Trigo Maldonado, profesor doctor de lengua y literatura coreana en la Universidad de Salamanca y traductor literario a cargo de esta obra –“para mí ha sido un gran privilegio” traducirla, indica–, nos cuenta: “Estamos ante una crítica a la alta competitividad y la jerarquización de la sociedad coreana en el entorno laboral. Es una obra cargada de referencias a la música jazz que la propia autora solía escuchar en las cafeterías durante el proceso de escritura, así que durante el proceso de traducción recuerdo escuchar esas mismas canciones mientras trabajaba”. Como detalle curioso, Trigo dice que muchas veces asocia cada traducción a la música que ha escuchado mientras trabajaba en ella, y que en este caso la propia autora le proporcionó la que ella considera la banda sonora de su obra.
Kim Ae-ran (1980) cuenta que una vez vio un documental sobre relojeros suizos. “Cuando ingresan por primera vez en la fábrica, lo que hacen no son relojes, sino las herramientas para fabricar relojes. Como escritora principiante, pensaba que lo que estaba haciendo era el producto final –libros– porque un libro es un objeto tangible. Pero ahora pienso: lo que hago no es el reloj, sino las herramientas para hacerlo”. Por eso, dice, para ella “un libro es menos una obra o un producto, y más una forma de vida, una posibilidad”.
Escritora consumada de cuentos, sus textos no son unívocos y no estigmatizan a sus protagonistas. En todos ellos, y pese al predominio del narrador equisciente que nos permite conocer siempre un poco más sobre lo que piensan, hay muchas lecturas posibles para su forma de actuar. Este enfoque, además, se refuerza con el hecho de que no es un escritora conformista que vaya a lo fácil: elige ponerse en el lugar de niños, de adultos en paro, de madres, de adolescentes, de jóvenes con estudios, de los dos miembros de una misma pareja, de taxistas, amas de casa, recién nacidos, viudas, limpiadoras de aeropuerto o incluso lenguas muertas. Sin embargo, el componente de denuncia social nunca se siente artificial o impostado; es connatural a sus personajes, que parecen arrastrados por la corriente del tiempo que les ha tocado vivir.
Aunque publicado originalmente en 2005, ¡Corre, papá, corre!, su primer volumen de cuentos no llegaría a España hasta 2018, traducido por Mihwa Jo Jeon y de la mano de Godall Edicions, que también publicaría su segunda colección de relatos –Afuera es verano (2023; traducción de Álvaro Trigo)– y en breves lo hará de la última novela de Kim; sobre esta última, Trigo nos revela que se publicará tanto en español –de cuya traducción también está al cargo y dice sentirse muy honrado– como en catalán, y que estará enfocada en las experiencias de jóvenes que caminan en esa línea que delimita la adultez de la etapa anterior; es decir, de jóvenes que “se encuentran en puntos de inflexión importantes en sus vidas”. Dice también que se tratará de “una obra con un tono más experimental que la anterior desde el punto de vista narrativo”, y que estará “cargada de emociones”. Además, recientemente se ha publicado una tercera recopilación de cuentos de su autoría –Estela de condensación (2025, Quaterni; traducción de Han Seoa)–, en los que profundiza en esa visión melancólica y emocionalmente minimalista con ecos de Raymond Carver que cada vez le granjea más lectores.
El de Bae Suah (1965) –residente en Alemania desde hace más de 20 años y dedicada ella misma a la traducción– es, quizás, el caso más extraño de las tres: una autora apenas traducida al castellano que, sin embargo, solo ha necesitado un par de años para convertirse en un nombre de culto. Para ella, al menos cuando escribe, los sueños y la realidad “no pueden distinguirse claramente”. Es más, dice que “eso que llamamos realidad es muy frágil y permeable; (…) (porque) nos llega a través de los sentidos”, y precisamente eso es lo que le interesa para su escritura: “las diferencias, lo extraño, lo ajeno, y la sensación de aislamiento o alienación que eso provoca”. De hecho, declara “no disfrutar las historias perfectamente estructuradas o basadas únicamente en la trama o el contenido”, porque “hay muchas formas de disfrutar el arte, pero yo prefiero el caos”.
Su obra en España ha sido traducida por Ana Barragán y se ha publicado de la mano de Shiro Libros. Bajo su limpia, muy estética y ya característica edición, este joven sello nos trajo La noche y el día de Ayami(2023), que sirvió como demostración de la propuesta radical de Bae en la forma y en el fondo, y de la influencia del surrealismo en sus historias, con reminiscencias a David Lynch o Wong Kar-wai. Y es que parece que el lenguaje de esta autora quisiera liberarse de la lógica, acercarnos al subconsciente, como si le interesase más envolver a sus lectores y lectoras en un viaje sensorial que forzarles a seguir un camino de lógica proposicional clara. Más recientemente ha llegado otra novela corta: En ninguna parte (2025), publicada originalmente en 1998 y más convencional en su argumento que la primera, pero con la que comparte esa misma atmósfera de desasosiego, particularmente hacia el final, cuando empieza a tender puentes estilísticos con aquella.
Los personajes de Bae a menudo parecen desapegados de la realidad, pero no por indiferencia o rebelión silenciosa; es, más bien, como si fueran víctimas de una especie de sensibilidad radical al entorno que les anula y los transforma. La autora no cree que el entorno necesariamente determine una vida, pero de lo que sí está segura es de que influye en la escritura. “El lenguaje es entorno”, afirma. Y, paradójicamente, algunos de los entornos más representativos de su obra, como el sofocante calor de Seúl que leemos en La noche y el día de Ayami, los escribió desde Alemania. “Recreé ese calor extremo desde la memoria, con la ayuda del tiempo y la distancia”.
En resumen, estamos ante tres autoras imprescindibles para entender un presente desubicado y altamente dependiente de la tecnología, un presente que no hace sino reclamar atención –como indica Kim Ae-ran, ya que “los medios (de hoy) no están dirigidos por ideas, sino impulsados por nuestros deseos, (…) la concentración en sí misma es una virtud ética”– y donde lo literario marcha a contracorriente, porque “de todos los contenidos con historias y personajes, la literatura es el que más pensamiento exige”, dice Sohn Won-pyung. “Y quizá por eso hoy en día se lee menos, porque vivimos en una sociedad donde ya no es necesario pensar”.
A pesar de ello, de que “la novela y la poesía no nos traen dinero ni información, (…) y para entretenerse, Netflix o YouTube ofrecen mucho más”, Bae Suah también da en el blanco cuando afirma: “Las novelas son antitécnicas e incluso revolucionarias, (…) así que, si la literatura tiene un papel en este contexto, es simplemente el de persistir. Que sigamos haciendo literatura: eso, para mí, es un motivo de alegría, incluso en una realidad triste”.
Tres voces que incomodan, cuestionan y acompañan. Tres voces que han llegado para quedarse.
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